Escuchar hablar de Almansa es pensar en el pueblo de Albacete, en el castillo que se levanta sobre la misma población o en el famoso Puerto de Almansa que te encuentras de camino a la Comunidad Valenciana. Sin embargo, el Almansa del que hoy vamos a hablar es un poblado abandonado, ubicado dentro del término municipal de Alía, en Cáceres.
La visita a este poblado en ruinas la hemos hecho desde Cañamero y se tarda unos 45 minutos en llegar. La carretera a seguir es la que lleva hasta Valdecaballeros, aunque no llegamos hasta esta población y cogemos el desvío que lleva hasta la también abandonada central nuclear, dejándola a la derecha. Luego, desde la mala carretera parte un camino que lleva hasta Almansa. Si os animáis a visitarlo, cualquier GPS os llevará hasta el mismo pueblo.
En Almansa aún quedan cinco familias viviendo en sus casas, pues ellos se resisten a abandonar lo que ha sido su hogar de toda la vida. Nosotros hemos hablado con un matrimonio y nos han contado lo que fue el pueblo en su día: tenían cine, baile, bares, talleres de mecánica, un molino, quesería o lechería. Además de trabajar mucha gente en las carboneras. Sin ir más lejos, mis abuelos maternos trabajaron en estas últimas recién casados. Y ellos vivieron en chozos que actualmente ya no existen. El hombre que ha estado hablando con nosotros nos ha dicho dónde se ubicaban.
Sobre las 18:00 ha sido nuestra llegada y lo primero que te encuentras de frente son casas abandonadas, lugar donde en su día estaban la quesería o lechería. La especie de torre que se ve en lo alto del tejado era una alarma que se oía en todo el pueblo. Se encargaba de avisar cuándo comenzaba la jornada laboral y cuándo terminaba.

La visita la hemos empezado por un edificio donde había una maquinaria oxidada. Creemos que se trataba de un molino, pues cerca había también las típicas piedras para moler.





Distintos habitáculos se conectan entre sí y hemos estado caminando por ellos. Una cosa que me llama la atención son las más de 100 latas oxidadas que me he encontrado en una de las naves. Algunas aún conservan algo de lo que fueron en su día.





En una especie de sótano nos encontramos con unos palos sobre el techo. Quizá, algún día sirvieron para colgar productos de matanza. Puede que pimientos para que se secaran.

En el suelo, delante de la fábrica, encontramos también lo que creemos que es una pala de un tractor.


Justo enfrente del molino se halla una pequeña capilla. Hasta hace unos años daba misa los domingos, pero la virgen se la llevaron y desde entonces permanece cerrada. Es de los pocos edificios que aún se mantiene en pie y en un estado de conservación aceptable.

Ya nadie visita a San Isidro.


En el centro del pueblo existía una fuente o pilón, que hoy permanece seca. Los lugareños de Almansa la vieron en su día echar agua.

Ahora sí, nos acercamos hasta el primer edificio que nos hemos encontrado a nuestra llegada. Como he dicho al principio, es donde estaba la quesería y la lechería.

Los números de las casas están marcados en las puertas.

Ante una de las puertas, este parral también se resiste a abandonar Almansa. Luce con un verde muy bonito.


Nos dirigimos hasta otro edificio. En las paredes nos indican por dónde se llega a Guadalupe.



Y también nos encontramos justo enfrente con una imagen en pintura de la Virgen de Guadalupe, patrona de Extremadura.


Cercanos a estas casas estaban los chozos que existieron en su día, los mismos donde vivieron mis abuelos durante un tiempo.
Y también, a las traseras de las naves anteriores, estaban las escuelas del pueblo. La foto he tenido que hacerla a través de una puerta que estaba cerrada con candado, pues ahora es de propiedad privada y pertenece a otra de las familias que aún vive en el poblado.


Al lado de donde vive el matrimonio con el que hemos hablado hay otra nave abandonada, también cerrada la puerta con candado. En los alrededores me he encontrado varias cajas de cerveza que a muchos os pueden resultar familiares.


Hablando con la mujer, que procede de Alía, nos indica que el edificio blanco en las inmediaciones fueron talleres de mecánica.

Nos despedimos de ellos y volvemos hasta la capilla. En uno de los edificios adyacentes hay un lavadero.


Contiguo a la capilla, como si estuviera en el mismo recinto, existe lo que pudo ser un parque, pues allí hay fuentes vacías preparadas para acoger a patos. Incluso tienen sus casitas, pero hasta los patos abandonaron Almansa.





Después de dos horas caminando por el poblado era tiempo de recoger y volver a casa. Nos despedimos con una última foto de la entrada hacia el parque.

Hasta aquí la visita al poblado en ruinas de Almansa, un proyecto socio-laboral comenzado en los años inmediatos a la posguerra bajo el lema Almansa, Unión, Trabajo, Constancia y cuyo objetivo era practicar nuevas técnicas agrícolas. El principal promotor de este proyecto fue un tal don Eusebio (Eusebio González Martín). A su muerte, los hijos heredaron sus tierras, que fueron partidas y vendidas. Fue entonces cuando la gente del pueblo, viendo el poco futuro que tenían allí, comenzó a emigrar a Madrid o Barcelona. Los niños dejaron de jugar en las calles, las campanas dejaron de oírse, las mujeres dejaron de reunirse en la parte central del pueblo para charlar y coser bajo la sombra de los árboles, así como los hombres dejaron de ir al bar a tomarse los chatos de vino. Todo esto ocurrió así, tal y como os cuento. Y tal y como nos ha contado el matrimonio con el que hemos charlado. A pesar de que aún viven cinco familias en el pueblo, Almansa es ya uno de esos lugares de la España Vaciada. Ellos son los que aún dan voz a lo que en su día fue un pueblo que tuvo más de 1.000 habitantes.
