Antes de comenzar a narrar lo que ha sido mi mañana de domingo por la ciudad de Mérida os tengo que decir que ha sido uno de esos días en los que se han unido varias circunstancias que han hecho que me haya vuelto a casa emocionado con las fotos realizadas.
A principios de semana tenía pensado acudir este fin de semana a Valverde de Leganés, Badajoz, para visitar el convento Madre de Dios y así fotografiar mi nueva novela ante el monumento. Y así habría sido de no ser porque el martes se me averió el coche y desde entonces está en la UCI (taller). Por lo tanto, los planes debían retrasarse para otra ocasión. En su lugar, decidí el viernes que hoy, domingo, lo iba a pasar en el Teatro Romano de Mérida para fotografiar el libro. Me he levantado a las 08:00, desayunado con mucha tranquilidad y sobre las 09:30 salía de casa rumbo al monumento estrella de Emérita Augusta. El día estaba nublado y por el camino me decía que quizá tuviera suerte con las luces y sombras encontradas, esas que tanto fastidian/queman las fotos en días soleados. Al llegar hasta la entrada del teatro mi decepción ha sido mayúsucula al verlo cerrado. El reloj marcaba las 09:45 y según mis cálculos debería haber abierto justo a la hora que he salido de casa. En ese momento, como la caminata ya estaba hecha, he decidido acercarme hasta la alcazaba árabe y así disfrutar de la fotografía.
Quince minutos después enseñaba mi DNI en la entrada de la fortaleza árabe, mostrando que vivía en Mérida, y me daban paso. Antes de entrar he preguntado que si el teatro no abría, cuya respuesta ha sido <<sí, abre a las 10:00>>. Una alegría me he llevado, pues ya creía que no lo había hecho aún después del confinamiento. Pero ahora tocaba disfrutar de las vistas desde la muralla de la alcazaba, del puente romano que luce esplendoroso.

Apenas habré estado aquí diez o quince minutos. Mi idea ahora era ir hasta el que es, desde mi parecer, el monumento emeritense que más impacta cuando lo ves por primera vez. La joya de Mérida es el Teatro Romano y eso es intocable, pero el Templo de Diana causa asombro verlo levantarse entre casitas de pueblo y mostrando toda su belleza. Por la calle, normalmente llena de turistas que paran a fotografiarse ante él, apenas pasaba gente de largo (un par de personas o tres me he encontrado), con lo que me he deleitado bien fotografiándolo. En la siguiente imagen aparece mi novela a sus pies.

Y ahora sí, era el momento de ir hasta el Teatro Romano y así tirar algunas fotografías. Mismo procedimiento de enseñar el DNI y acceso gratuito a todo el recinto. En el mostrador había un grupo de cinco o seis personas sacando su entrada y yo he pasado delante de ellos.
Mi sorpresa, mi gratitud, mi incredulidad me he llevado cuando he salido por una de las puertas de las gradas y lo he visto totalmente vacío, sin una sola persona, con un silencio que emocionaba. Sin pararme a pensar mucho, he sacado rápidamente la cámara y así empezar a hacer fotos como loco, pues el grupo encontrado en la entrada no tardaría en llegar. La emoción ha sido mayor al ver que el día seguía nublado, sin contraste de luces y sombras, sin el sol quemando las fotografías y logrando bonitas estampas.



Diez minutos después aproximadamente ha llegado la primera persona. Se trataba de una chica que me ha dado la posibilidad de realizar una fotografía de ella sentada de cara al teatro. Me ha parecido un momento bonito de meditación ante la Diosa Ceres, que no le quitaba la vista de encima. Como a la chica no se le ve la cara, me permito el lujo de subirla al blog.




El teatro seguía con la única presencia de la chica y yo cuando he decidido bajar hasta el escenario para presentarle mis respetos a la Diosa Ceres. Me daba por satisfecho con todas las fotografías realizadas desde lo alto de las gradas.


El grupo de gente encontrado a la entrada llegaba en este momento y ahí he decidido realizar las últimas fotos.





Con la última foto me volvía a casa pensando en la fortuna que he tenido hoy. He escrito a un amigo por Whatsapp para contarle que me había tocado la lotería al encontrarme el teatro sin gente. Esto es algo que llevaba persiguiendo desde hace siete años y solo lo logré una vez a última hora de la tarde, a falta de cinco minutos para que el recinto cerrara y con el supervisor metiéndome prisa para que abandonara las instalaciones. Recuerdo que aquel día había sol, que no me fastidió las fotos, pero ni de lejos había el tono de luces encontrado esta mañana. Y el día de hoy ha sido todo una secuencia de casualidades:
1-Que tuviera el coche averiado y no haya podido ir a Valverde de Leganés.
2-Que me haya dado por preguntar en la alcazaba si el teatro no abría hoy (lo he preguntado cuando ya estaba a punto de entrar).
3-Que haya salido un día nublado, perfecto para la fotografía y sin que hubiera grandes contrastes de luces y sombras.
4-Tener la fortuna de encontrarte el teatro totalmente vacío, en silencio y disfrutar de su belleza como pocas veces voy a volver a hacer.
Sin más que contar, os dejo hasta otra aventura. Yo seguiré aquí, aún emocionado por la mañana tan placentera que he tenido por los tres principales monumentos de Emérita Augusta.
