El pasado domingo, día 25 de agosto, fue una tarde para disfrutar haciendo fotos a los patos. En principio, tenía pensado hacerlo con las cigüeñas, pero una vez llegado hasta la ubicación donde hace unos años tuve la ocasión de verlas, me encontré los nidos vacíos y no pude hacerlo.
Como tenía la intuición de que eso iba a ocurrir, como segunda opción tenía en la mente el ir hasta las cercanías del Puente Lusitania, a la zona conocida por los emeritenses como La Isla y así captar las decenas de patos que habitan en ella.
Son animales muy mansos, puesto que están acostumbrados a que la gente les eche de comer. Es más, algunos se dejan acercar a un metro y medio escaso y no se espantan. Por lo tanto, sobre las siete de la tarde hice las primeras fotografías a un par de ellos, que estaban retirados del resto de amigos.




Enseguida, veo a otro par de ellos cerca de la orilla y pruebo a ver si no huyen. Me acerco primero a unos cuatro metros y, como no hacen el amago de salir volando, sigo dando pasos hasta tenerlos a un par de metros.


















Después de aproximadamente media hora disfrutando, decido hacer algunas fotos en grupo, pero antes vuelvo a encontrarme con un par de ellos que también están desperdigados.





Llegados a este momento, estoy más que satisfecho con las fotos realizadas y mi idea es volverme a casa; eran ya casi las 20:00. Pero… la tarde me tenía preparada aún una última sorpresa, el mejor momento y las fotos más bonitas aún no estaban realizadas. Delante de mí se tumbó un pato y comenzó a comer. Por lo tanto, yo hice lo propio, me tumbé también en la hierba y la cámara comenzó a echar humo. Estuve aproximadamente media hora tirando fotos sin parar. Mi modelo improvisado se portó fenomenal.






















Sobre las 20:30 la luz empezó a escasear y las fotos no salían muy bien. Así que me despedí de mis colegas y hasta otra ocasión.




Ya había decidido volverme cuando, de verdad, llegó una pareja y sacó una barra de pan. Al momento, así como cincuenta patos se apiñaron junto a ellos y comenzaron a pegarse por el bocado. Menos mal que ya había dado por finalizada la sesión a mi modelo favorito, de lo contrario, me habría fastidiado mucho que hubiera echado a volar tal y como hizo al ver el manjar.
Hasta aquí la sesión de fotos a los patos. Me despido hasta otra ocasión, turistas.