Y 2.800 días después mis pies volvieron a pisar suelo donostiarra. Y cuando digo 2.800 días… ¡son 2.800 días! Ni uno más, ni uno menos. No está hecho aposta. Ha sido casualidad.
La última vez que estuve en esta ciudad fue el 14 de marzo de 2010, y me despedí de ella desde el monte Igeldo, apoyado en el mirador hacia la playa de la Concha, diciendo una sola palabra: VOLVERÉ.
Ha sido más tarde que temprano, muy a mi pesar, pero, finalmente, el pasado domingo, día 12 de noviembre, volví a reencontrarme con la ciudad que me fascinó hace años.
Eran aproximadamente las 11:00 a.m. cuando dejé el coche en los aparcamientos de la Facultad de Informática. Es zona azul, pero los sábados, domingos y festivos no se paga. Dicho esto, comencé a andar por la avenida de Tolosa adelante, en busca de la playa de Ondarreta. La emoción es la misma que la sentida las otras dos veces que seguí el mismo camino, la misma que se siente cuando escuchas el taconeo de los zapatos de tu amor al subir por las escaleras hacia tu portal y sabes que es ella. La emoción fue en aumento al ver que el mar estaba algo furioso (lo sé. Si algún donostiarra ve estas fotos, dirá: ¡eso no es nada en comparación con lo que azota otras veces!).
El primer itinerario a seguir es el Peine del Viento, el cual se ve desde lo lejos que hay bastante gente. Durante el camino me entretengo fotografiando a varios surfistas, que están en el agua disfrutando de las olas.



Al llegar al Peine del Viento, comprendo el porqué hay tanta gente: el oleaje azota contra las esculturas de hierro y entra por los orificios del paseo. La verdad, es un gustazo presenciar esto.













Tras disfrutar durante media hora de las olas, toca darse la vuelta e ir hacia el paseo de la Concha. El día está cada vez más gris y temo que comience a llover.






Casi llegando al muelle me llama la atención un precioso husky siberiano. Sin dudarlo, me acerco a él y le pido permiso al dueño para acariciarlo. Tan solo tiene siete meses y es precioso. Disfruto unos instantes de él, recordándome a cuando acariciaba a Yeiko, e intercambio una breve charla con el dueño, contándole que yo también tuve un husky siberiano que vivió catorce años. Después, me dirijo hasta el Aquarium, para entrar en el Paseo Nuevo y así comenzar a subir hasta el castillo de la Mota, situado en el monte Urgull.



Todo está muy verde y hace un paisaje precioso.


Las vistas, según vas subiendo, son cada vez más bonitas.



Y no tardando mucho se llega hasta el castillo.



El camino de bajada lo hago por la otra parte del monte, es decir, bajando hacia el muelle. El otoño también va dejando sus huellas.




Cuando quiero llegar de nuevo a la playa son las 14:15 p.m. aproximadamente.

Y ahora hay que cruzar todo el paseo de la Concha, en dirección a la facultad, en busca del coche para terminar el día de la mejor manera posible. Pero antes de eso, compro un bocadillo para comer, ya que no he parado nada en toda la mañana, ni siquiera para tomar un café.
El bocadillo me lo como de camino al coche, volviendo por la avenida de Tolosa. Cuando llego, me dirijo con el mismo hacia el monte Igeldo, para ver la ciudad desde lo alto y despedirme de ella de la mejor manera posible. Tan solo os digo que para acceder al monte Igeldo se puede hacer también en el funicular, el cual parte desde el Peine del Viento, pero yo decido hacerlo en coche, pagando 2.20€ por la entrada.







Entro en el bar que hay en el monte, para tomarme un café, y pregunto a la hora que se abre el torreón para subir a lo alto. Me indican que sobre las 16:00 y me lo tomo con mucha tranquilidad, puesto que aún quedan veinte minutos. Tomarse un café con esas vistas… ¡NO LO PAGA NI MASTERCARD!

Sobre las 16:00 p.m. me dirijo hacia el torreón, a esperar a que abran, y me siento en un banco, disfrutando, una vez más, de las increíbles vistas.

Eran las 16:30 cuando decidí volver. La tarde se puso muy mala, con viento y comienzo de lluvia. La playa de la Concha incluso quedó tapada con niebla y, aunque abrieran el torreón (todo parecía ser que no lo iban a abrir), apenas iba a poder apreciar nada.
Antes de meterme en el coche, vuelvo al mirador, a deleitarme por última vez de las vistas hacia la ciudad. Me despido de San Sebastián, de Donostia, de Donosti, haciéndolo de la misma manera que lo hice la segunda vez que estuve allí: apoyado sobre la misma barandilla de piedra, sobre la misma columna, y diciendo VOLVERÉ.
Tiro la última foto del día y comienza la cuenta atrás para volver.

Hasta aquí la aventura por la ciudad que levanta mi pasión, que me conquista con su belleza cada vez que he ido a verla. A primera hora de la mañana, cuando caminaba hacia el Peine del Viento, escuché a dos ancianos hablar, sentados en un banco. Uno de ellos le decía al otro: hay que ver qué bonita es la Concha. Ya os digo yo que sí. Y esta vez no lo dice un donostiarra. Esta vez lo dice un cacereño que está enamorado de vuestra ciudad.